Una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosaANÁLISIS INSOLENTES, SABIDURÍAS FALLIDAS

El doctor Belisario Betancur, de grata recordación, narraba una historia muy divertida que da cuenta de las pifias de los analistas científicos que con visiones unilaterales se sesgan en sus análisis de manera dramática. Encontró, en algún archivo legendario en Madrid, los documentos de un “científico” inglés que alertaba sobre el futuro escabroso que tendrían las islas británicas, y lo sustentaba con un rigor matemático escalofriante. Partía de una serie de datos ciertos. Primero: el...
Consejo de Redacción AdP12 meses .2233 min
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El doctor Belisario Betancur, de grata recordación, narraba una historia muy divertida que da cuenta de las pifias de los analistas científicos que con visiones unilaterales se sesgan en sus análisis de manera dramática.

Encontró, en algún archivo legendario en Madrid, los documentos de un “científico” inglés que alertaba sobre el futuro escabroso que tendrían las islas británicas, y lo sustentaba con un rigor matemático escalofriante.

Partía de una serie de datos ciertos. Primero: el número de caballos que existían en el Londres de 1730 y que eran utilizados para movilizar los carruajes de la época. Segundo: el peso del estiércol que tenía cada deposición; piense usted para el ejemplo que fueran ciento cincuenta gramos. Tercero: el número de deposiciones diarias de cada caballo que, para continuar con el ejemplo, podrían ser tres.

Con fundamento en estos datos ciertos, el analista multiplicaba los cuatrocientos cincuenta gramos de las tres deposiciones por el número de caballos de su censo, supongamos que fueran cuatrocientos caballos, y concluía que el peso diario de estas deposiciones en Londres llegaba a los ciento ochenta mil gramos.

Con estos datos hacía una proyección del crecimiento del número de caballos en Londres para los cien años siguientes (supongamos una tasa del 5% anual) y llegaba a una conclusión aterradora: para el año 1830, con la tasa de crecimiento establecida, Londres tendría doscientos mil caballos, cuyas tres deposiciones diarias pesarían noventa millones de gramos, en diez días serían novecientos millones y en cien días alcanzaría los nueve mil, un peso de unas proporciones tales que la isla se hundiría irremediablemente por el peso de esa montaña monumental de estiércol de caballo.

Ah, los agoreros y predicadores de los desastres han existido desde siempre…

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Esto es un homenaje a nuestros orígenes, un homenaje a esa Aldea del Piedras que crearon nuestros mayores, un homenaje a su coraje, su dedicación, su esfuerzo, su tesón, y su condición de visionarios.

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